La Bitácora-Lunes 9 de julio de 2012
La Corte y los árboles
Los grupos ambientalistas y los residentes de Ancón se encuentran enfrentados con el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, por la construcción de un edificio de estacionamientos en las laderas del Cerro Ancón.
La construcción del edificio de estacionamientos involucra derribar decenas de árboles, existiendo otras opciones viables.
El enfrentamiento es parte de una visión que la Corte Suprema de Justicia le impone al país, privilegiando el cemento y el concreto sobre la conservación del medio ambiente, los recursos acuáticos y forestales.
Desde que los rellenos de Punta Pacífica y las islas artificiales en la bahía de Panamá fueron reconocidas como sujetos de apropiación privada, la tendencia ha sido satisfacer el apetito de los empresarios reaccionarios, que promueven una ciudad sin espacios públicos, ni áreas verdes y en perjuicios de bosques, aguas, manglares y humedales que le dan una personalidad única a nuestra ciudad.
Fue en Punta Pacífica donde desapareció un parque. En Punta Paitilla fraccionaron uno y por casi se pierde otro para satisfacer un centro comercial.
Y esta situación persiste en otros sectores de la ciudad, donde áreas destinadas para uso público terminan siendo cedidas a desarrolladores inmobiliarios.
No hay plan urbano que funcione. Cada gobierno que sube, por el afán de satisfacer a empresarios inescrupulosos, madrugan a la ciudad con cambios drásticos que perjudican a cientos de miles de citadinos.
No niego que haya razones legítimas para los cambios de zonificación; y que en casos especiales, se requiera ajustar o mejorar la densidad o el uso de algunas zonas de la ciudad.
Pero, como en todo debe existir un justo equilibrio, una consulta a los citadinos y privilegiar los espacios públicos y la vegetación.
Los que llevamos más de cincuenta años de vivir en la ciudad, sí notamos el constante aumento de la temperatura.
Hoy se privilegian los ambientes acondicionados artificialmente y se dejó de gozar de las ya ausentes brisas que eran comunes, por el número de árboles que vestían nuestras calles y avenidas. A veces creo que el capitalismo promueve estos juegos.
Hace cuarenta cincuenta años, uno se podía bañar en todos los ríos de la ciudad. Hoy, invertimos seiscientos cincuenta millones de dólares para tratar las aguas negras y sanear los ríos de la ciudad. Si hubiésemos sido más inteligentes y previsores nos hubiéramos ahorrado ese dinero.
Si como hace cincuenta años, hubiésemos seguido ampliando los espacios públicos y embellecidos nuestras avenidas y carreteras con árboles, cuanta energía eléctrica ahorraríamos por disminuir nuestra necesidad de aire acondicionado.
Bueno, estas son preguntas que nadie quiere hacerse por imponer un progreso suicida y costoso.
