La Bitácora-Miércoles 18 de julio de 2012
Qué no hacer en unas vacaciones
La Internet, la telefonía celular y los blackberry y notes son una maldición para los que quieran viajar por placer o diversión.
Estos condenados artilugios son adictivos y si bien tienen una utilidad, el hábito de andar con ellos arruina vacaciones, encuentros familiares, excursiones o el apropiado descanso que requiere el ser humano.
Tengo un amigo que está en estos momentos en San Petersburgo. Desde allá me llama todos los días para saber cómo andan las cosas en Panamá. En otras palabras, Martinelli lo tiene secuestrado.
Ese mundo paralelo virtual lo mantiene vinculado a Panamá aun cuando se encuentre en la ciudad de Dostoyevsky, Gogol, Bely, Akhmatova.
En vez de navegar por el Río Neva con una obra de Pushkin o admirar los tesoros del Museo Hermitage o las obras maestras de Faberge, él todavía tiene un pie aquí.
Leer los periódicos panameños por Internet o estar al día con la situación política le perturban sus vacaciones. La vida pueblerina panameña no le permite desconectarse y ver cosas más sublimes o distintas.
Todo esto es producto de esos malditos aparatos, que uno ahora acostumbra llevar y tienen eso que llaman ¨roaming¨ y que te permiten llamar y recibir llamadas donde quiera que estés.
Y hoy por hoy, ya nadie pregunta si el hotel tiene una vista al río o si las facilidades que ofrece incluyen gimnasio, servicio de conserje o piscina. Lo primero que preguntan es si el hotel tiene Internet.
Los panameños somos, en términos generales, pueblerinos y ni siquiera la apertura y la globalización nos ha cambiado.
Y eso me imagino que se debe a que cuando vemos cultura, arquitectura, refinamiento, innovación, nos aterrorizamos y necesitamos de alguna forma a Panamá como objeto fetiche. Y nada de esto tiene que ver con arraigo. Este es el lugar donde no nos mueven el piso.
Y ese suspiro que se escucha por doquier “cómo Panamá ninguna”, no es un producto de fervor patriótico o nacionalista. Es apenas el confort de saber que aquí, nos sentimos seguros.
El panameño no emigra, me comentaba recientemente un distinguido intelectual panameño. Tiene razón. Porque le tiene miedo al mundo y si sale, mira pero no ve.
Henry Bergson decía que una cosa es conocer a París por los libros y postales y otra cosa, es caminar por una de las calles de París y sentirla.
Si yo estuviera en San Petersburgo, quisiera sentir lo que sentía Anna Akhmatova por esa ciudad, Pushkin, Dostoyevsky o Tchaikovsky.
Conocer sus palacios, museos, iglesias y avenidas. Como sus ciudadanos la defendieron contra el ataque de los nazis y el cerco de hambre que le montaron por tres años.
Nunca permitiría que un celular, un “bb” o un “note” me arruine el momento arrastrándome hacia acá, donde uno.
